Madres siempre, todos y cada unos de los días

Madres

Madres siempre, todos y cada unos de los días

Madres, que pare gritando, abriendo su vientre, sintiendo, que mira a los ojos a su bebé por primera vez y está atrapada para siempre.

Atrapadas desde el primer minuto que sospechamos que estamos creando vida. Porque eso hacemos, creamos vida. Nuestras entrañas arropan, alimentan y hacen de un tamaño microscópico, una vida perfecta.

Una vida que nos enseña una nueva forma de amor totalmente diferente: brutal, mamífero, puro. Que ha sido arrastrado desde el principio de los tiempos hasta nuestra era. Ser madre es salvaje, indescriptible.

Indescriptible, como también lo es que tu hijo te mire a los ojos, se alimente de tu cuerpo, te hable, te necesite de una manera imperiosa, urgente, sanadora.

Sanadores como los brazos de una madre que mece, como sus besos que curan cuerpo y alma, como sus palabras que alimenta, como sus caricias que templan, como su cuerpo que calma.

Un cuerpo que calma en las noches de madrugada, que abraza, que llora de felicidad y también de rabia cuando la extenuación entra en escena, que consuela y que mima.

Que mima cada segundo viendo dormir a su bebé, soplando cada vela, contando cada cuento.

Contando cada uno de los lunares, de los hoyuelos, cada uno de los pequeños dedos de la mano.

Dando la mano para subir cada escalón, curando cada uno de los raspones, espantando cada una de las pesadillas, calmando cada uno de los días de fiebre, añorando cada uno de los recuerdos.

Recuerdos que un día serán tesoros, cuando la madre lo sea de niños grandes que vuelen lejos del nido. Pero madres siempre, todos y cada unos de los días.

Pero madres siempre, todos y cada unos de los días.
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