Segunda cesárea ¿Puede ayudar a sanar la primera? Mi experiencia

 

NonaboxEnero 15

Si el día 15 de Abril, cuando me levanté de la cama no sin esfuerzo debido a mis 38+6 semanas de embarazo me hubieran dicho que esa misma noche abrazaría a mi hija, me hubiera acojonado. Pero no me dio tiempo.

La consulta con la ginecólogo fue estupendamente, la peque seguía de cabeza (ya os conté que mi hija estuvo de nalgas hasta la semana 37) y el peso animaba a un parto vaginal, que era lo que realmente yo deseaba. Una vez pasada la consulta, entro a monitores y ahí empezaron las prisas.

Dos horas de monitores, estimulación e idas y venidas de las matronas a mi habitación a consultar los monitores me hicieron saber a ciencia cierta que algo no funcionaba correctamente. El ginecólogo así me lo confirmó poco después. Existían, dentro de la monitorización, períodos que indicaban sufrimiento fetal. Ahí empecé a asustarme de verdad.

¿Posibles soluciones? La primera, una cesárea de urgencia, la segunda, un test de estrés. La tercera, intentar inducir el parto quedaba descartada. Yo estaba con el cuello entero y ni una contracción y para completar, antecedente de cesárea anterior por DCP.

Le pido al ginécologo que me deje irme a casa un par de horas para decidir, pues en ese momento estoy sola y la situación me supera.

Reconozco que lo primero que valoré fue el test de estrés. Se trata de provocan contracciones y se ve cómo afectan al bebé y así cada 24 horas. Descarté poco después esa opción junto con mi marido por el miedo que me provocaba pensar que en cualquier momento la oxigenación podía no ser la correcta para mi hija. Decisión: cesárea de urgencia.

Cesárea de urgencia y el encuentro con mi hija

Así que volví al hospital dos horas después tras respirar hondo, intentar explicarle a mi hijo lo que iba a ocurrir y llorar amargamente, primero por los nervios, y segundo, por la sensación de abandono que me invadió cuando me despedí de mi mayor.

A las 18:00 ingresé en el hospital y a las 18:45 nacía mi hija mediante cesárea de urgencia pesando 3180 gr y llorando a pleno pulmón.

Nada más nacer, mi hija pasó a un cuarto con su padre. No se le permitió hacer piel con piel porque las matronas o enfermeras consideraron que la cuna térmica era mejor que el pecho de papá. Incomprensible, lo sé. Sí le dejaron permanecer con ella todo el tiempo que yo estuve en reanimación, tocarla, hablarle… en definitiva, decirle que no estaba sola, tal y como yo le había pedido. Así mismo, esta vez tampoco hubo biberón de por medio (aunque lo intentaron) pero mi compañero se negó.

En reanimación pasé dos horas y media, pues esta cesárea fue un poco más larga que la primera, y la primera hora que permanecí allí la pasé dormida. Era incapaz de abrir los ojos y sólo contestaba con movimientos de cabeza. Reconozco que aunque me hubieran dado a mi hija nada más nacer, hubiera sido incapaz de ocuparme de ella.

Voy a planta pasadas las 9 y mi hija sube conmigo, estamos juntas por fin. Comenzamos la lactancia y el piel con piel, todo ha pasado y estamos juntas, sanas y felices.

Segunda cesárea, experiencia totalmente nueva

El ginecólogo que llevó esta segunda cesárea fue el primero que llevó la primera, pero esta vez le sentí más cercano y empático. Me dio la mano al terminar, me dijo “todo ha salido bien y pronto subirás a planta”. El anestesista se mostró en todo momento interesado y pendiente de mí, me preguntaba constantemente cómo me encontraba, me tranquilizó y ayudó moralmente a no desesperar ante la horrible epidural que me resulta de lo más desagradable.

Una vez más, eso sí, me quedé con ganas de conocer a mi placenta. El árbol de la vida que había trabajado durante 9 meses por y para mi hija. Esa espinita sí me quedará.

A pesar de mi dolor por un parto vaginal que ya nunca tendré, tengo que decir que no me arrepiento de la decisión que tomé. Había que actuar rápido ante el sufrimiento fetal y estoy segura de que tomé la mejor decisión.

Esta vez no me siento culpable ni engañada, como sí me ocurrió con la cesárea de mi hijo mayor. Cierto es que hubiera querido que las cosas ocurrieran de otra manera. Me pasé todo mi embarazo luchando por un parto vaginal, pero a veces, simplemente, no puede ser.

Por otro lado, considero esta segunda cesárea una forma de sanar la primera, quizás por eso ha sido así finalmente. No puedo decir que haya sido humanizada, pero sí respetada. Aunque aún se puede y se debe hacer más.

Ahora, de vuelta a casa, nos queda ir acoplándonos poco a poco los cuatro y disfrutar. Yo, por mi parte, me toca ir asimilando y procesando ya que todo ha ocurrido muy rápido y necesito tiempo para mí, mi hija y mi familia.

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4 Comments

  1. Caperucitarojayunomas Abr 25, 2015 at 5:45 am

    puff… hace cinco años de mi cesárea, tampoco pudo ser. Me trataron genial y aunque lloré, entendí que la cesárea era lo que mi niña necesitaba. Te comprendo hasta el infinito y más allá. Disfruta!!!!!!

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  2. María Heralta Abr 27, 2015 at 9:00 am

    Las cesáreas tienen que ser duras, y la recuperación igual, y más cuando te lo dicen como te lo dijeron a ti!! Yo hubiera hecho lo mismo en tu lugar, vuelves a casa un momento y piensas qué hacer, sobre todo en el bien del bebé, que es lo que más nos importa a las madres llegado ese momento.

    Ahora ya en casa, a acoplarse genial y seguro que en nada será coser y cantar 🙂

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  3. María Abr 28, 2015 at 3:33 pm

    Hola! Qué entrada tan bonita!!!
    Mil gracias por contar tu experiencia. A mí también me han hecho una cesárea en el SES y voy lo más seguro camino de la segunda, espero que se me sane la herida como a ti. Tu entrada me ha servido de mucha ayuda.
    Disfruta de tu chiquinina 🙂
    Un saludo

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  4. Ana Mar 15, 2018 at 9:58 pm

    Pues yo veo la cesárea como algo natural también pues según las condiciones, así debe ser. Tuve una primera cesárea y no descarto para nada una segunda en breve. Mil veces eso que pensar en el posible sufrimiento de mi niño/a y mío. No hecho de menos parto vaginal, sobre todo después de las experiencias que muchas mamás me han contado y que, en algunos casos, les han hecho decidir no tener más hijos.

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